Las historias de Tiki Mercado

tiki

Por JOSEP CAMPS (logotipo de @pepepue)

¿ALGUNA VEZ HAS VISTO LA LLUVIA?

La conocí gracias a su hermano, un tío que se creyó más listo que los mafiosos ucranianos con los que trapicheaba en asuntos inmobiliarios. Y este tipo de cosas, con gentuza como esa, no suele acabar bien. El cuerpo sin vida del hombre apareció una mañana flotando en aguas del puerto de Barcelona. Le habían reventado la cabeza a golpes de martillo.

Mientras duró la investigación, hablé algunas veces con ella. Pocas, pero las suficientes como para que poco a poco fuera quedando prendado del brillo que desprendía su mirada; de una elegancia que irradiaba de manera innata, de esas que vienen de serie y es imposible tunearlas; y de una feminidad arrebatadora.

Días después de dar el caso por cerrado, la llamé no recuerdo ahora con qué pretexto. Quería volver a verla, era como una necesidad vital, inaplazable. Me citó en un bar de la zona de Sarrià-Sant Gervasi. Después de tomar un par de tés, cuando la conversación ya no daba para más, antes de que fuera demasiado tarde, no pude evitar abalanzarme sobre ella y robarle un beso. Apenas fue un roce de labios, algo furtivo. En un primer instante me miró sorprendida; luego esbozó una ligera sonrisa, se levantó y se fue. Al cabo de un par de días, volví a llamarla. Una vez. Dos. Tres. A la cuarta, imagino que con ganas de sacárseme de encima, accedió a verme de nuevo. Contrariamente a lo que había imaginado, aquel encuentro acabó derivando al poco tiempo en una relación que duraría algunos de los mejores meses de mi existencia. Nunca llegamos a compartir techo, no hizo falta. Lo nuestro fue una relación basada en el respeto y en la libertad individual de cada uno. Con ella aprendí a entender el arte moderno, a apreciar la música clásica, a disfrutar de la naturaleza. Dejaron de irritarme los animales de compañía e incluso casi dejé el tabaco. En la mitad de la vida, hasta llegué a pensar en poder disfrutar con ella las pocas golosinas que me quedaban en la bolsa, aquellas que recitaba el brasileño Andrade. Su embriagadora compañía llenó de luz mis días. Días preñados de felicidad, de amor sereno y tranquilo. Días de complicidad, de horas deliciosamente muertas, de conversaciones hasta el amanecer. También de risas y llantos. Apenas alguna disputa. Siempre menor. Quizás la vez que más tiempo estuvimos discutiendo fue sobre si la versión del “Have You Ever Seen The Rain?” de Rod Stewart era mejor que la que compusiera John Fogerty en el cénit de su carrera. Ella decía que encajaba mejor en la voz rasgada del que fuera cantante de los Faces. Para mí, ninguna interpretación podía superar a la original, perdía la autenticidad de su creador. Rascando mucho, aceptaba que una adaptación destripara la canción primitiva, creando algo parecido a una nueva pieza, como hicieran los Ramones con el mismo tema de la Creedence Clearwater Revival. Pero lo de Stewart no tenía mérito alguno.

Hasta que un día todo terminó. Sin avisar. Demasiado pronto. A destiempo.

-Tiki, quiero dejarlo. No me preguntes por qué, ni yo misma lo sé. Te quiero, pero ahora necesito estar sola. No te culpes de nada, tú me has amado, me has protegido. Contigo me he sentido mujer. Por favor, no digas ni hagas nada, es lo único que te pido.

Aquello me hundió. Pasé muchos meses antes de comenzar a recuperarme de aquel golpe. De hecho, aun a día de hoy, creo que jamás me resarcí del todo. A pesar de haber tenido otras relaciones posteriores, a pesar de tener una vida más o menos feliz, a pesar de mi Roxette, a pesar de los pesares.

Ayer la vi en la plaza de Catalunya. Habían pasado casi tres años desde la última vez que hablamos. Andaba a paso lento, parecía no llevar un rumbo concreto. No había perdido un ápice de su elegancia, de su clase, de su seductora feminidad. Pero sus ojos ya no brillaban. Estuve a punto de detenerla solo para poder contemplar su rostro. Para escuchar su voz. Para cogerle las manos. Quise preguntarle cómo le iba la vida, si era feliz. Si estaba con alguien, en qué trabajaba o qué hacía los fines de semana. Cualquier cosa, lo que fuera, con tal de estar unos segundos con ella.

Pero no. No me atreví. Como tantas otras veces había hecho en mi vida, opté por la vía fácil, la de evadirme, incapaz de afrontar una realidad que pudiera herirme. Entré en unos grandes almacenes cercanos y me hice con un álbum que contenía el “Have You Ever Seen The Rain?” En la versión de Rod Stewart.

 


EL DÍA QUE MURIERON LOS STONES

Cuando en junio de 1969, hartos de sus continuas espantadas, deciden expulsar a Brian Jones de los Rolling Stones, a Mick Jagger y a Keith Richards se les plantea un problema de proporciones considerables. Por mucho que la prolífica pareja llevara firmemente las riendas de la banda y fueran los compositores de la mayoría de sus temas, ambos eran conscientes de que necesitaban un guitarrista de primer nivel para dar consistencia al sonido del grupo. Tantearon a Eric Clapton, pero Slowhand, después de grabar el disco de Blind Faith junto a Steve Winwood y Ginger Baker, no tenía intención de ir de segundón a ningún lugar. Sin embargo, fue el propio Clapton quien les sugirió el nombre de un joven virtuoso apasionado por el blues que por aquel entonces destacaba en los Bluesbreakers de John Mayall: Mick Taylor.

Taylor se incorporó a la banda en el concierto homenaje que los Stones le tributaron a Brian Jones ante 250.000 personas en Central Park. Ahí es nada. Jagger y Richards no necesitaron demasiado tiempo para convencerse de que habían encontrado lo que buscaban: “Compones con Mick Taylor en mente, sin darte ni siquiera cuenta, porque sabes que puede hacer cosas diferentes”, relata Richards en su autobiografía VIDA. Y añade: “Juntos hicimos cosas geniales, algunas de las mejores que han hecho los Stones. Mick lo tenía todo. El toque melódico, un sostenido maravilloso y una habilidad especial para leer la canción; sacaba un sonido magnífico, una movida que conmovía; llegaba a donde quería ir yo incluso antes que yo”. Ciertamente, Taylor aportó a los Stones una técnica que la daba gran suavidad a todos sus punteos, en contraposición al sonido tosco y rudo que siempre había caracterizado a las guitarras de Jones y Richards.

El idilio de la banda con Taylor generó dos discos exquisitos: Let It Bleed y Sticky Fingers.  Pero las cosas comenzaron a dejar de funcionar en verano de 1971. Los Stones, con graves problemas con el fisco, decidieron dejar Inglaterra e instalarse en Villefranche-sur-Mer, en la Costa Azul, para preparar la grabación del trabajo más aclamado de la banda, el doble álbum Exile on Main Street. Las sesiones fueron de todo menos placenteras. Taylor dijo de aquellos días: “Raro era el día en el que no había más de cuarenta personas a la mesa a la hora del almuerzo, y lo curioso es que eran siempre eran distintas. Te levantabas por la mañana, bajabas a desayunar y podrías encontrarte a Anita fumándose un porro sentada en la escalera, y a su lado Keith ensayando con la acústica “Sweet Virginia”. Y, mientras, en la habitación de al lado, Bill llevaba desde las 10 de la mañana haciendo sus partes de bajo con un amigo de Keith dormido sobre los amplificadores”.

Aquello no terminó bien. A Taylor le molestó que sus compañeros de grupo ignoraran repetidamente sus contribuciones a la composición de algunos temas del álbum. Por otra parte, Richards, celoso del creciente protagonismo del joven guitarrista empezó a ningunearlo y a maltratarlo. Después de terminar las sesiones de grabación, Taylor decidió tomarse unas vacaciones en Brasil para familiarizarse con otro tipo de música y aclarar la mente. Pasó allí seis meses. Cuando volvió, se encerró de nuevo con sus compañeros en el estudio para grabar el álbum Goats Head Soup. Pero el destino ya estaba escrito. Después de la publicación del majestuoso It’s Only Rock ‘n Roll, en el que dejó su huella con el inconmensurable solo de guitarra en “Time Waits For No One”, Taylor decide marcharse. Le dice a Mick Jagger que deja la banda, que ya no quiere ser un Stone, que está harto de soportar las cóleras de Keith Richards y de sentirse menospreciado por el resto de la banda. Fue el 12 de diciembre de 1974: el día que murieron los Stones.


TERUEL EXISTE

Me detuve en un hostal a pie de carretera, en algún lugar de la provincia de Teruel. Eran cerca de las tres de la madrugada, llevaba más de cinco horas conduciendo y el sueño me estaba matando. No deseaba otra cosa que darme una ducha y echarme a dormir hasta aburrirme.

La recepción del establecimiento era lo más tétrico que había visto en mucho tiempo: un espacio mínimo, apenas iluminado, con un destartalado mostrador y una silla como únicas piezas de mobiliario. Sentada, una muchacha escudriñaba su móvil. Iba ataviada con una camiseta de color burdeos que dejaba al descubierto parte de su vientre. Unos pequeños tatuajes asomaban por encima de su pantalón. Parecían unos pájaros pugnando por salir del nido. Le pedí una habitación. Sin levantar la cabeza del teléfono ni dirigirme la palabra, me alcanzó una llave.

Subí al cuarto, me di un agua rápida y me tumbé en la cama con la toalla atada a la cintura. Iba a encender el último cigarrillo del día cuando la puerta de la habitación se abrió con sigilo y apareció la muchacha de los pájaros tatuados en el vientre. Con la cabeza erguida, ahora sí. Sus labios, pintados de rojo pasión, carnosos con moderación, trazaban una sonrisa perturbadora, de esas que fácilmente pueden conducir a un hombre a cometer cualquier locura. Se llevó el dedo índice a los labios en señal de silencio. Cerró la puerta y se acercó a la cama. Se desprendió de la ropa que llevaba y quedó desnuda frente a mí. Lentamente dio una vuelta sobre sí misma, como si necesitara mi aprobación para continuar. Era menuda, su cuerpo parecía el de una muñeca. Sus nalgas, prietas y proporcionadas, cabían en la palma de la mano. Sus pechos eran pequeños, pero lucían altaneros. Se arrodilló a mi lado y comenzó a acariciarme: el cuello, las axilas, el pecho, el estómago. Sus manos eran juguetonas, magia genuina. Cuando vio que debajo de la toalla un bulto crecía apresuradamente, abrió los ojos con cómico asombro. Apartó el paño con gesto diestro y tomó mi pene con ambas manos. Lo masajeó despacio, sin ninguna prisa. Al poco, mi miembro estaba listo para evidenciar a cualquier durómetro. Entonces la muchacha se sentó sobre mi pelvis, agarró el pene, se lo introdujo en la vagina y apoyó ambas manos en mi pecho. Mirándome fijamente, con un ligero temblor en labio inferior, empezó a mover las caderas, adelante y atrás, con exquisita suavidad. Acaricié sus nalgas una y otra vez. Y luego volví a acariciarlas. Durante un lapso que no fui capaz de medir, el tiempo se detuvo. El balanceo cadencioso del cuerpo que tenía sentado encima había borrado cualquier otra referencia. Al rato, la muchacha comenzó a jadear con fuerza. Se acercaba el final, ese que nunca quieres que llegue. Pero llegó, claro.

Con el labio inferior aún trémulo, me desmontó, se vistió, alzó levemente la mano en señal de despedida y marchó con el mismo sigilo con el que había entrado. Sin decir nada. Pero sin perder su sonrisa perturbadora.

Cuando desperté, muchas horas después, me vestí y bajé a la recepción. Pregunté por la muchacha. Quería volver a ver aquel vientre de pájaros tatuados antes de partir.

– No llega hasta las diez de la noche, cuando empieza su turno. Pero me ha dejado un sobre para usted.

Abrí el sobre y saqué una nota manuscrita que decía: Teruel existe. Recuérdalo.


CARMELITA

Hoy, 7 de septiembre de 2016, se cumplen trece años de la muerte de Warren Zevon, un hombre importante en una etapa de mi vida. No fue esa mi mejor época, seguro, pero ahí está. Porque la vida no permite borrar los malos momentos, hay que cargar con ellos. Por mucho que duela.

Supe de la existencia de Zevon en un concierto de Jackson Browne en la sala Bikini, al que había ido con mi amigo Mariscal. Sería a mediados de los 2000. Una época en la que yo esnifaba más que respiraba. El recital era el típico repaso a los grandes éxitos que habían coronado la carrera de Browne. Todo estaba transcurriendo con normalidad, hasta que finalizó el grueso del setlist. Entonces, en el primer bis, comenzaron a sonar las notas pausadas y suaves de una canción. Era muy triste. Hablaba del amor de un drogadicto por una chica mejicana, de cómo él necesitaba ser abrazado por ella. Me acordé de mí, de cómo cada noche necesitaba que alguien me envolviera para espantar las angustias que me corroían.

  • No conozco este pieza -le susurré a Mariscal.
  • Se llama “Carmelita”, es un tema de su amigo Zevon.
  • ¿Zevon?
  • Warren Zevon, Tiki, uno de los malditos al que nunca se le hizo la justicia suficiente.

Desde aquel día, durante muchos meses, “Carmelita” fue mi sostén. Los poco más de tres minutos de aquella canción sonaron obsesivamente miles de veces en mis oídos. Me aferré a ella para poder seguir deambulando por la vida. Cada día. Cada noche. Y quise saber más de Warren Zevon. Nacido en Chicago en 1947, había fallecido de cáncer de pulmón en Los Angeles, a los 56 años. Tuvo una personalidad compleja: alcohólico, autodestructivo, errático, siempre tendiendo al límite. Estuvo internado en clínicas de desintoxicación e intentó suicidarse en varias ocasiones. Su exmujer cuenta de él que siempre quiso ser escritor; tal vez por eso buscó la amistad de gente como Stephen King, Hunter S. Thompson o Ross McDonald. Las letras de sus canciones acostumbraban a ser cantos desesperados, oscuros, melancólicos, duros. Estudió música clásica, fue alumno ocasional de Stravinsky y de joven acudía a festivales de los Byrds para aprender la técnica de Roger McGuinn. Nunca tuvo el favor masivo del gran público, pero siempre fue reverenciado por sus compañeros de profesión y por la crítica musical. Rolling Stone lo definió como “uno de los cuatros mejores nuevos artistas más importantes que surgieron en la década de los setenta” (los otros tres eran Neil Young, Bruce Sprinsgteen y su amigo Jackson Browne). Bob Dylan lo consideraba un compositor único, uno de sus pocos favoritos. Y la admiración que le profesaba el propio Springsteen no era menor: “Siempre envidié su talento”, decía. En sus grabaciones, Zevon acostumbraba a rodearse de músicos de primer nivel. Para The Wind, su trabajo póstumo, contó con el concurso de los mismos Springsteen o Browne, y de gente de la talla de Don Henley, Ry Cooder, Tom Petty, Emmylou Harris, Joe Walsh, Mick Fleetwood o David Lindley. Y para la historia del rock dejó una docena magníficos álbumes de estudio y piezas imprescindibles como su aullante “Werewolves of London” y otros temas de la exquisitez de “Roland the Headless Thompson Gunner”, “Desperados Under the Eaves”, “Keep Me in Your Heart” o “Excitable Boy”.

Ha pasado tiempo desde que Zevon se fue, y también algunos años desde que dejé de esnifar cocaína. Pero algunas noches, cuando me siento solo, cuando necesito sentirme querido, me acurruco en la cama y me acuerdo de “Carmelita”. Y dejo que me abrace.


MI PRIMERA VEZ

En mis clases en la academia de policía acostumbraba a sentarse en primera fila. Atenta, sonriente, siempre decidida a colaborar en todo. Fantaseé decenas de veces con aquel cuerpo de feminidad exquisita, aunque jamás pensé que aquello pudiera ir más allá de ser eso, una fantasía. Pero ahora la tenía frente a mí, en mi dormitorio, espléndida en su desnudez. Sus piernas, largas y turgentes, parecían obra de un orfebre. Sus caderas, anchas, aunque deliciosamente proporcionadas, le daban un aire contundente. Y sus pechos… ¡Qué decir de ellos! Ni grandes ni pequeños, de apariencia dura y con los pezones apuntando gozosos al infinito. Tragué saliva mientras en mi entrepierna se organizaba un tumulto majestuoso.

-¿Por qué no pones un poco de música? –susurró.

– ¿Qué te apetece?

-¿Tienes algún disco de los Stones?

-Los tengo todos.

-Estaría bien alguna canción suave.

-¿”Sweet Virginia” o “Wild Horses”?

-¿Y por qué no “Beast of Burden”?

Con una sonrisa de oreja a oreja, me dirigí a la estantería donde guardaba mi estimable colección musical, cogí el álbum Some Girls y pinché el penúltimo corte.

Pero cuando volví al dormitorio, el semblante me cambió. Se había tumbado en la cama y entre sus pechos reposaba una larga raya de polvo blanco.

-Antes de follar, nada como la coca –dijo.

-Nunca la he probado.

-Pues ya va siendo hora. ¿O es que no quieres follar?

Por un momento no supe qué contestar. Para alguien como yo, de perfil adictivo, capaz de fumar dos cajetillas y media de cigarrillos al día y de beberme una botella entera de bourbon cada vez que salía de fiesta, entrar en el mundo de la cocaína no era, con toda certeza, lo más recomendable. Pero tener a mi lado, desnuda, a una mujer de diez y medio, dispuesta a todo, era algo que decantaba la balanza sin remisión. Cogí un billete de mil pesetas y lo enrollé. Luego me acerqué al entrepecho de aquel prodigio de feminidad y esnifé el polvo blanco.

Lo que siguió a continuación fue memorable, cierto, sin embargo no hay día que me olvide de aquella primera vez, la del inicio de un viaje al abismo.


PEGAMENTO

– Me has hecho correr mucho, Eric.

– Ha tenido suerte de pillarme.

– No está bien robar los móviles a los chicos del instituto.

– Si no robo no como.

– ¿Dónde vives?

– En la calle.

– ¿Y tus padres?

– Ni idea.

– ¿Qué edad tienes, hijo?

– ¡No me llame hijo, joder!

– Vale, cambio la pregunta. ¿Cuántos años tienes?

– Creo que quince.

– ¿Y esa bolsa que llevas en la mano?

– Es pegamento.

– Te va a destrozar las neuronas.

– ¡Qué quiere! Si tuviera pasta me metería coca. O caballo.

– No sabes lo que dices.

– Usted tampoco.

– Te propongo un pacto.

– No me fío de la gente que lleva placa.

– Escúchame. No tienes nada que perder. Yo me olvido de los móviles y tú dejas el pegamento.

– ¿Y si no acepto?

– Te llevo ante el juez. Lo más probable es que te mande a un centro de acogida de menores.

– ¡No, eso no! Ya estuve en uno y no pienso volver.

– Pues olvídate del pegamento.

– Vale, acepto el pacto.

– Muy bien. Nos veremos aquí todos los lunes a esta misma hora. El día que vea que te has metido pegamento, te llevo ante juez. Y no intentes colármela.

– Confíe en mí, sargento.

———-

– Mercado –dijo el subinspector Carreras-, ¿cómo terminó lo del chico aquél que robaba móviles?

– No hubo manera de dar con él. ¿Por qué?

– No, nada. Es que anoche encontraron muerto a un chaval con una docena de móviles encima.

– ¿Cómo se llamaba?

– Eric Martínez Márquez.

– ¿De qué murió?

– De un ataque al corazón. Parece ser que se pasó esnifando pegamento.

– Joder.

– ¿Te pasa algo, Mercado? Estás muy pálido.

– Acabo de recordar que una vez alguien me pidió que confiara en él.

– ¿Lo hiciste?

– Sí.

– ¿Y?

– Me engañó.


EL JUEZ

El diputado salió de la sala de vistas rodeado de familiares y amigos. Encajes de manos, abrazos, risas. Todos parecían contentos. Había sido absuelto. Había ganado. Era el rostro del éxito, del triunfo. Cuando reparó en mí, me miró por encima del hombro y me dedicó una sonrisa cargada de pedantería. Faltó poco para que me echara encima de aquel depravado y le atizara una bofetada. Pero me contuve.

Cuando el grupo marchó, esperé con resignación la salida del juez, aquello no iba a quedar de esa manera. No podía ser que dejaran en libertad sin cargos a semejante degenerado. Después de unos instantes eternos, el magistrado apareció por la puerta. Un bufón con toga, de apenas uno sesenta de estatura y barriga abultada. Lo seguí hasta llegar a la escalera de salida del juzgado.

– Eh, juez –dije-. ¿Por qué lo ha absuelto?

– ¿Perdone?

– ¿Que por qué ha dejado en libertad al diputado? Abusó de un menor.

– Oiga, ¿quién es usted? ¿Qué quiere?

– Soy Eutiquio Mercado, sargento de los Mossos d’Esquadra, y quiero justicia.

– Usted dedíquese a lo suyo, aquí mando yo. No tengo por qué darle ninguna explicación.

Se giró y siguió su camino escaleras abajo. Ufano, como si fuera de una casta inviolable. Pero yo no estaba para renuncios de ese tipo. Podía llegar a entender muchas cosas, pero el maltrato a menores era algo que no entraba dentro de mi código moral. Y entonces, aún a sabiendas de que aquello me acarrearía problemas serios, bajé con rapidez los dos escalones que me separaban del bufón y lo empujé. El hombrecillo rodó y rodó por la escalera hasta dar con sus huesos en la acera. Cegado de ira, se incorporó con dificultad y me señaló con el índice.

– Esto lo va a pagar caro, sargento –aulló.

Ciertamente, lo pagué caro, aunque la satisfacción que me quedó en el cuerpo no me la quitó nadie. Había tenido días mejores, pero no muchos.


Y ME FUI

La había visto en decenas de grabaciones: era joven, morena y menuda. Y durante meses se había convertido en una pesadilla para los comerciantes del barrio del Farró. Acostumbraba a vestir ropa negra, zapatillas de deporte y una gorra calada hasta las orejas. Y siempre actuaba igual: entraba en pequeños establecimientos y aprovechaba cualquier distracción del tendero para dirigirse rápidamente a la caja registradora, meter la mano y largarse a la carrera.

Ese día le dije al entonces agente Vicent Boira que me dejara en la plaza Molina, me apetecía caminar un poco antes de llegar a casa. Cuando bajé del coche, encendí un cigarrillo y enfilé Guillermo Tell. A ritmo de paseo, crucé Saragossa, Vallirana y Príncipe de Asturias. Y entonces, cuando entré en Carolinas, la vi: andaba unos veinte metros delante de mí, en mi mismo sentido de marcha. Era ella: la misma ropa negra, las mismas zapatillas de deporte, la misma gorra. Corría más que caminaba. Tiré el cigarrillo al suelo y aceleré el paso. Después de atravesar Major de Gràcia, siguió por Santa Àgata y giró a la derecha por Badia. Una decena de metros después se detuvo frente a la puerta de un viejo edificio de una planta. Sacó una llave del bolsillo del pantalón, abrió la puerta y entró.

Mi primer impulso fue irrumpir en aquel lugar, arrestarla y llevármela a la comisaría más cercana. Sería la primera detención, esa que siempre quema. Pero enseguida caí en la cuenta de que no podía entrar sin una orden judicial. Encendí otro cigarrillo y sopesé qué hacer. Después de unos momentos de duda, opté por dejarme ir y apreté el botón del desvencijado timbre. Esperé unos segundos. Nada. Volví a llamar. Unos segundos más. Tampoco. Fue después del tercer intento cuando se entreabrió la puerta. Un crío, que no tendría más de cinco o seis años, me miró con curiosidad. Iba descalzo, vestía ropa desgastada y le colgaban mocos de la nariz. Lo aparté con suavidad y crucé la puerta. Me encontré ante una estancia que no debía tener más de quince o veinte metros cuadrados. El mundo se me vino abajo: en un rincón, sentada en un trasnochado sofá, estaba ella. Amamantaba a un bebé. Sentado a su lado, un hombre de mirada vacía, aun joven, me sonrió. Exageradamente delgado y sin apenas dientes, tenía una jeringuilla clavada en un antebrazo. En el suelo, otra niña, algo mayor que el crío de la entrada, dibujaba algo en un papel de periódico arrugado. Y en el otro extremo de la estancia, un anciano, agarrado a una botella de vino peleón, parecía hablar con la pared que tenía enfrente.

Me quedé ahí durante unos minutos, sin moverme, mirando aquel esperpento. Y lo tuve claro: ese día no sería el de mi primera detención. Di media vuelta, abrí la puerta y me fui.

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