Mike Tyson, una vida exagerada

Supone una agradable sorpresa leer ‘Mike Tyson. Toda la verdad’ (Duomo Ediciones), la biografía del púgil norteamericano, el campeón mundial de los pesos pesados más joven de la historia, con 20 años, narrada por Larry Sloman.

La primera cosa que se recuerda de Tyson son los combates que acababan a los pocos segundos por sus embestidas animales, el mordisco a Holyfield o el juicio por violación. El libro recrea con detalle esas situaciones y explica la trayectoria de un hombre marcado por los excesos de todo tipo. “Puede que el gen familiar para noquear lo heredara de mi abuela”, cuenta Tyson.

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Como en ‘Open’, la celebrada biografía del tenista Andrea Agassi que también publicó Duomo, el periodista que investiga la vida de Tyson escribe en primera persona, un estilo que puede parecer algo extraño porque es difícil asociar algunas expresiones literarias con el boxeador. Es una única concesión a un libro que desde las primeras páginas mantiene al lector atrapado, a veces absorto, por la magnitud del personaje.

Hay datos inesperados. Descubrimos que Tyson dormía con su madre hasta los 15 años. “Una vez mi madre se acostó con un hombre estando yo en su cama… Cuando apareció su novio Eddie Gillison, me dieron la patada al sofá. Mantenían una relación amorosa verdaderamente disfuncional. Supongo que por este motivo las mías han sido tan extrañas. Bebían, peleaban, follaban, rompían y volvían a beber, pelear y follar un poco más. Por enfermizo que resultara se trataba de amor verdadero”.

Complejísima es la relación de Tyson con las mujeres, con las que se enfrenta en la cama como si fueran adversarios en un ring. Todo es superlativo: el dinero, el crimen, la fuerza física, la dureza de los entrenamientos, proezas sexuales como encerrarse con diez mujeres en la habitación de un hotel, desnudarse y ponerse el cinturón de campeón del mundo para tener relaciones “follando y peleando con esas mujeres”, la colección de coches lujosos, la compra compulsiva de joyas… Los periodos de iniciación son especialmente sugestivos, a la vida adulta de manera prematura, a un ascenso imparable como púgil al lado del preparador Cus d’Amato. Tyson se mimetiza con la farándula, convive con estafadores y famosos sin demasiados escrúpulos. La reacción a las primeras derrotas es edificante: “un héroe y un cobarde no se diferencian por lo que sienten. Es lo que hacen lo que los diferencia”.

Un detalle ilustrativo de iniciación infantil: “El día en que aquel tipo me arrancó las gafas y las arrojó a un depósito de gasolina fue el último en que fui al colegio. Supuso el fin de mi educación formal. Tenía siete años y jamás regresé a las clases”.

Son particularmente atrayentes las descripciones de los combates, contados con detalles técnicos y psicológicos. El lector tiene la sensación de revivir, desde el centro del cuadrilátero, momentos de gran trascendencia mediática como la extraordinaria rivalidad con Evander Holyfield. El famoso combate del 3 de mayo de 1997 acabó con la descalificación de Tyson por un mordisco en la oreja a su adversario en un ataque de furia incontenible, después de recibir varios cabezos de Holyfield.

Acusado de violación, nos topamos con una gran transformación personal en la cárcel, donde se adapta y fortalece moralmente. Y se aficiona a la lectura: “lo que de verdad me chiflaba era leer. Cada noche Wayno y yo nos leíamos mutuamente en la celda. Uno cogía un libro y el otro un diccionario para ir buscando aquellas palabras que iban saliendo y que no entendíamos… Me lo pasé pipa con The Story of Civilization de Will Durant. Leí a Mao y al Che. Leí a Maquiavelo, Tolstói, Dostoievski, Marx, Shakespeare, de todo y más. Leí a Hemingway, aunque me pareció muy deprimente”.

En el combate por la vida, Tyson confronta el mundo de las drogas con la estabilidad familiar. “Igual que hice con el boxeo, quiero consagrar todas mis energías a vivir con mi familia. Sé que hay un gran vacío dentro de mí que durante muchos años intenté llenar con drogas, alcohol y sexo”. Y son esas responsabilidades las que convierten el relato en un texto tan divertido como moral: “si hubiera otra persona que me tratara como me trato a mí mismo, le volaría la tapa de los sesos”.

Carles Domènec.



Categories:Crònica, Negro sobre Blanco, Sin Ñ

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