LA CORRUPCIÓN, ELEMENTO TRANSVERSAL EN LA NOVELA NEGRA ESPAÑOLA DEL SIGLO XXI

SEBASTIÀ BENNASAR. Resulta bastante sintomático que el diccionario de la RAE en su versión en línea no acoja hasta su cuarta acepción la definición de corrupción más cercana a la mentalidad española en estos momentos: «4. f. Der. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores»[1]. Pues bien, sin ninguna clase de dudas la corrupción –convertida en sistémica, como veremos más adelante- se ha convertido en el indicador político más importante de los últimos años en el estado español y, como es lógico, ha tenido su plasmación en la literatura y muy especialmente en la novela negra, definida por numerosos autores como la gran novela social de nuestros tiempos[2].

En este artículo intentaremos esbozar el panorama del género negro y las principales corrientes y autores que conviven en la literatura criminal española contemporánea en los últimos quince años partiendo de la corrupción como elemento transversal que sostiene la columna vertebral de la política en el nuevo milenio –aunque su práctica en la política hay que remontarla en el caso español a como mínimo cinco siglos- y que afecta a la práctica totalidad de las formaciones políticas que han tocado algún tipo de poder, aunque también la empresa privada e incluso los particulares presentan un elevado índice de corrupción. El trabajo pretende ser descriptivo sobre las corrientes, autores y la incardinación de los diferentes grupos de escritores activos actualmente, siendo la corrupción solo uno de los elementos comunes a varias de sus propuestas novelísticas y en ningún caso el elemento de análisis principal de las obras.

Gabriel Cañelllas

En 1995, cinco años antes del ámbito cronológico estricto de este artículo, Gabriel Cañellas, presidente del Govern Balear, dimitió (forzadamente). José María Aznar, en aquellos momentos todavía candidato a la presidencia del Gobierno, no quería que nada ni nadie enturbiase su camino hacia la Moncloa.  Cañellas no fue a prisión porque el delito –el cobro de cincuenta millones de pesetas de las obras del túnel de Sóller para financiar el partido- había prescrito. Cañellas, el hombre que había dirigido el PP insular desde 1983 (entonces Alianza Popular) flirteando con el regionalismo cuando había sido conveniente, abría el paso a algunos de sus delfines, entre ellos a Jaume Matas, uno de los pocos políticos de alto rango del PP (llegó a ser ministro de Medio Ambiente) que cumplió pena de prisión por corrupción.

Puede parecer absurdo empezar hablando de la corrupción haciéndolo por las Islas Baleares, pero es que la comunidad autónoma es la que tiene a un mayor número de políticos implicados en causas penales por corrupción de toda España. Y es en sus juzgados donde hemos visto desfilar como imputados a un ex ministro español y expresidente de la comunidad, Jaume Matas; una expresidenta del Consell de Mallorca, Maria Antònia Munar, e incluso un yerno y cuñado de rey, Iñaki Urdangarín y una infanta de España, Cristina de Borbón, por no hablar de la larga lista de consejeros autonómicos e insulares y directores generales, alcaldes y regidores que han convertido los juzgados en una sala más de la administración pública. Si en una pequeña isla del Mediterráno (patria del contrabandista y banquero Joan March, eso sí, y de algunas de las fortunas hoteleras más importantes del mundo) se ha llegado a juzgar a una infanta de España es que la corrupción es mucho más que un pequeño hecho aislado. Es lo que se viene conociendo como la corrupción sistémica:

“Se define como el uso sistemático y generalizado de la institución pública para la obtención de un beneficio privado, reduciendo la calidad y la cantidad de los servicios prestados. En este caso, se dan patrones de conductas corruptas ascendentes, que hacen que el sistema dependa de la corrupción para su propia supervivencia. Los niveles de corrupción llegan a oficiales públicos de alto nivel que toman decisiones sobre contratos públicos o grandes proyectos. La corrupción se extiende como norma en el sistema y la impunidad protege a toda la institución corrupta. Cuando la corrupción está ampliamente extendida, es decir se vuelve sistémica, para combatirla se le debe analizar como una totalidad, abarcando en el análisis los diversos componentes y redes sociales, económicas y políticas que miden los parámetros de las políticas públicas. En sociedades con una corrupción sistémica, si bien las normativas legales existen, no se cumplen. Los casos de corrupción se dan con frecuencia y por lo general quedan impunes. Las reglas informales se van instalando. Se sabe que el soborno es ilegal, sin embargo, se asume como práctica usual en las relaciones con el sector público. En la corrupción sistémica, existen incentivos perversos muy enraizados en la función pública, donde el sector privado y los usuarios de los sistemas públicos en vez de combatirlos por los costos que supone para toda la sociedad, prefieren convivir con ellos porque le resulta más fácil que pretender cambiarlos. Esta situación por lo general ocurre tanto a nivel nacional como a nivel local, y no es exclusivo de un país solamente”.[3]

Y desgraciadamente, ante la aparición extraordinaria de casos de corrupción en los últimos años a lo largo de toda la geografía española, cabría preguntarse hasta qué punto podemos circunscribir solamente la corrupción a los últimos años, cuando han aflorado los casos, o preguntarse si realmente ha sido la manera de gobernar habitual desde la llegada de la democracia –por supuesto lo fue durante el franquismo, donde todo el régimen era corrupto y por supuesto lo fue en la dictadura de Primo de Rivera y en la España caciquil y en la del turnismo aunque los ejemplos de corrupción en los virreinatos y en las administraciones españolas de monarquías como la de Felipe IV eran también sistémicas, empezando por la compra-venta de títulos nobiliarios o en las sobrecargas no declaradas de los galeones que hacían la ruta de indias, por poner dos ejemplos-. Cabe suponer que sí, o por lo menos así lo señaló Enric González en su conferencia de abril de 2015 en el Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca:

“Desde la Transición, el periodista, según él, ha tenido cierta complicidad en lo que ha ocurrido en la sociedad en los últimos años, por perder el sentido crítico que sí tenía en los últimos años de la dictadura y por no hacerse más preguntas sobre lo que estaba ocurriendo en un mundo en el que cada vez se gastaba más dinero sin que nadie se preguntase de dónde salía. En ese tránsito, González ha evocado el paso “natural” del periodismo de sucesos en el que comenzó, al de economía, advirtiendo de cómo el delito pasó de ser una cuestión de bandas marginales del lumpen a estar protagonizado por delincuentes de cuello blanco”.[4]

José María Aznar llegó al poder en 1996, poniendo fin a los mandatos de Felipe González. Con su llegada al poder se inauguró lo que Manuel Vázquez Montalbán llamó la aznaridad. Su segundo mandato –en esta ocasión con mayoría absoluta- estuvo marcado por una radicalización de las políticas de derechas y del neoliberalismo y por el enfrentamiento abierto contra Cataluña (un clásico de la política española, el anticatalanismo da votos en el resto de España). Esta posición de enfrentamiento –radicalizada cuando los mandatarios españoles tienen mayoría absoluta- se tradujo en los tiempos de Aznar en una apuesta por convertir la Comunidad Valenciana, y muy especialmente su capital, Valencia, en la gran ciudad española en el Levante, con el objetivo de intentar desbancar Barcelona[5]. Los cómplices en la maniobra fueron Eduardo Zaplana y Rita Barberá y el esfuerzo se tradujo en una profunda reforma de la ciudad –con la Ciudad de las Artes y las Ciencias como paradigma, pero también con la organización de eventos como la visita del Papa en 2006, la copa América de Vela o el premio de Fórmula Uno- y de la Comunidad, con Marina d’Or como ejemplo absoluto del neo-desarrollismo a base del ladrillo o el parque de atracciones Terra Mítica como intento de desbancar a Port Aventura[6]. Y de esos lodos, estos polvos: el caso Gurtel, por ejemplo, que afectó directamente a Josep Camps, heredero de Zaplana, y piedra angular con sus derivaciones del mayor caso de corrupción política de España.

Con semejantes antecedentes –la cita de Pasqual Maragall y la tormenta política desatada por la confesión en el verano del 2014 de Jordi Pujol reconociendo tener dinero no regularizado en Andorra; el desfile de cargos imputados en Baleares y la ristra de escándalos valencianos- es normal que una buena parte del análisis de lo que está pasando en la novela negra española en los últimos tiempos tenga que ver también, como veremos, con el debate entre centralidades y periferias y con la proliferación de novelas negras con la corrupción como telón de fondo en estas tres áreas geográficas. Pero quedémonos por un momento con Enric González y con un libro que acaba de aparecer en catalán: El franquisme que no marxa, (2015, Saldonar) de Lluc Salellas i Vilar, un buen reportaje de investigación que muestra como los dirigentes del tardofranquismo han encontrado su refugio en fundaciones políticas, consejos de administración de empresas, partidos políticos y el mundo del deporte o de la cultura para continuar manteniendo sus cuotas de poder. Lo que demuestra que la corrupción va mucho más allá de la puramente económica o fiscal, sino que es absolutamente transversal y arranca con el falso mito de la transición modélica y sin violencia marcada por las leyes de amnistía de 1977 que en realidad supusieron que el franquismo no se podía juzgar y que absolutamente nadie asumiría responsabilidades por cuarenta años de dictadura. Es decir, la corrupción y el asesinato quedaban impunes para siempre en aras de la construcción de algo nuevo y puro que parece ser que jamás ha existido y por tanto todo tipo de corrupción durante el franquismo quedaba sin juzgar. Es más, se le daba pátina para la reproducción. De ahí a  las famosas frases de Felipe González sobre las cloacas del Estado relacionadas con el caso GAL sólo mediaba un trecho.

El cambio de siglo no parecía traer buenos augurios para el género negro. Desaparecidas o agonizantes la mayor parte de las colecciones específicas y con un solo lugar de encuentro para los aficionados (la Semana Negra de Gijón), los autores incombustibles continuaban su trayectoria pero había un cierto silencio sobre nuevos autores y la crítica continuaba ignorando –con las honrosas excepciones pertinentes- las novelas negras que se publicaban en España. En quince años se ha dado un vuelco importante a la situación: hay una explosión de festivales y otro tipo de encuentros como por ejemplo los encuentros y jornadas académicas; se ha producido una eclosión de nuevos autores en convivencia con los anteriores, lo que nos permite hablar de tres o cuatro generaciones de narradores negros conviviendo en el mismo espacio (y compitiendo por los mismos lectores); se ha producido el fenómeno del surgimiento de la crítica y recomendación literaria con bastante fuerza a través de internet y de las redes sociales; se han creado nuevas colecciones y nuevas editoriales dedicadas al género que además han conseguido un mayor reconocimiento para sus autores, en algunos casos con proyección al exterior. Y lo más importante, por fin hay una extensión geográfica de la creación literaria en español alejada de los tradicionales núcleos de Barcelona y Madrid: ahora se escribe novela negra en toda España y además las ubicaciones también corresponden a la totalidad de la geografía española.

De todas maneras, el llamado neoboom de la novela negra en España es muy relativo, sobre todo si miramos las más que modestas cifras de ventas. De hecho, entre los editores corre una versión muy propia de la teoría maltusiana del crecimiento: mientras que el número de editores y autores crece geométricamente, el número de lectores sólo crece aritméticamente. Por lo tanto, los resultados son generalmente modestos y cuesta mucho hacer despegar tanto a un libro como a un autor, a no ser que la consagración venga impuesta desde fuera, como parece ser el caso de Víctor del Árbol, descubrimiento en Francia y cuyo éxito internacional ha ayudado a consolidar su trayectoria ascendente en España.

Habrá que preguntarse qué importancia tiene la corrupción en todo este panorama y si se puede intentar trazar una panorámica de la novela negra contemporánea española partiendo de la corrupción como eje que articula ni que sea tangencialmente la actual novela negra española. En las siguienteslíneas intentaremos demostrar que sí, que es perfectamente posible siempre y cuando entendamos la corrupción como algo que va más allá de la imagen del delito urbanístico, sino como algo que impregna el conjunto de la sociedad española en sus múltiples vertientes.

 

Tres clásicos ante la corrupción moral

Juan Madrid, Andreu Martín y Julián Ibáñez son tres de los nombres clásicos de la novela negra española, con trayectoria iniciada a finales de los setenta o principios de los ochenta y que siguen en activo y con una intensa capacidad de producción, especialmente en el caso de los dos últimos. Los tres han tocado algún aspecto de la corrupción en su obra –especialmente la corrupción moral- y nos detendremos brevemente en un título reciente de cada uno de ellos: Los hombres mojados no temen la lluvia (2013); Sociedad negra (2014) y El baile ha terminado (2009) respectivamente.

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Juan Madrid

Los tres son escritores formados en el antifranquismo, como explica en una entrevista el propio Juan Madrid:

“De esa primera generación, los que sacamos las primeras novelas a comienzos de los 80, la mayoría veníamos de la lucha antifranquista. Habíamos sufrido la zarpa fascista, no sólo nosotros sino nuestras familias. Para nosotros, la literatura ha sido una especie de expiación. Posiblemente dando testimonio de lo que ha pasado es como se puede soportar el hecho de que ahora nos quieran la película de otra forma. Descendiendo a las cloacas. Casi sin quererlo me he convertido en un cantante de las cloacas, porque los bajos fondos están muy conectados con los altos despachos”.[7]

y los tres han visto enormes altibajos en la popularidad de sus carreras literarias. Resulta sintomático que en el mismo 2015 Andreu Martín haya recibido el premio González Ledesma a su trayectoria en el festival Valencia Negra, mientras que el homenajeado en Granada Noir haya sido Juan Madrid. La corrupción inmobiliaria ha centrado parte de la obra de Madrid, pero en Los hombres mojados no temen a la lluvia (Alianza, 2013), las complicaciones van más allá y lo que aparentemente es un caso de prostitución y explotación sexual, acaba con derivaciones que implican a la propia N’Dranghetta, la organización mafiosa calabresa. La novela ha recogido críticas desiguales, pero abunda en los temas claves del autor, entre ellos la corrupción, como señala David G.Panadero en su crítica en la revista Prótesis:

“Los tiempos cambian, y Madrid, la ciudad, con ellos. Pero cuanto más cambia todo, más sigue igual: Los hombres mojados no temen a la lluvia ofrece un telón de fondo muy similar al de otras novelas de Juan Madrid. Que no es otro que exponer las relaciones de poder, y cómo se enmascaran bajo una apariencia de falsa normalidad. Será Liberto Ruano quien vaya desvelando las intrigas de los poderosos, en una lucha de “uno contra todos” en la que, desde el principio, sabemos quién va a perder y quién va a ganar. Añadamos un factor más a la ecuación: ahora el crimen y el poder se han globalizado, y los bajos fondos y los despachos acristalados de Madrid están cada vez más cerca de la mafia calabresa…”[8]

Los hombres mojados no temen la lluvia suponía el retorno de Madrid al género negro después de cuatro años de silencio (eso sí, en el ínterin había recopilado en tres volúmenes toda su saga dedicada a Brigada central, título de la serie homónima de televisión).

Quien tiene un ritmo de publicación mucho más frenético –y además en los últimos años ha recuperado buena parte de la calidad que tradicionalmente impregnaba su obra- es Andreu Martín, que va alternando los textos publicados en catalán con los que publica en español (a menudo aparecen ambas versiones).Y aunque los personajes corruptos aparecen en la totalidad de su obra –recordemos al policía torturador de Prótesis (1980), por ejemplo, o a los policías a sueldo de la mafia en Barcelona conection (1988)- en 2014 nos presentó una de sus tramas más complejas e interesantes: Sociedad negra, que ganó el premio Crims de Tinta. En la obra Martín juega con las constantes analepsis y prolepsis y se adentra en la vida de un confidente chino mientras nos muestra una Barcelona en la que ya están presentes las bandas latinoamericanas, y en la que la corrupción está al orden del día, tanto como la violencia. Pero además nos adentra en el mundo oculto de la mafia china y de los millones de euros que se mueven a su alrededor sin que nadie lo investigue, una novela que muestra al Andreu Martín más indignado:

“Aunque hable de las mafias chinas o de la Mara Salvatrucha, Sociedad negra nace de la indignación. Soy un indignado que quizá no tiene derecho a indignarse porque las cosas no me van mal. Pero estoy indignado con los políticos, con la corrupción, con  el montaje social que ya no controlamos. Tenemos que aprender a vivir de otra manera, pero no sé si hay tiempo y creo que a este paso me convertiré en un viejo gruñón”. Hace ya tiempo que Andreu Martín está furioso. Dice que hay cosas con las que no puede. “Uno hace una tropelía y le dan un cargo en Telefónica. Los grandes chorizos marcan el territorio. A Bárcenas no le pasará nada. A ver si lo aprendemos de una vez. En 2008 nos declararon la guerra y la hemos perdido”.[9]

Lo que resulta más sorprendente del caso que destapa Martín es el silencio alrededor de este tipo de mafias, seguramente por el gran volumen de negocio que suponen para la economía española, con más dos millones de contenedores  de mercancías llegando cada año al puerto de Barcelona. Veamos cómo lo argumenta el autor:

“Sociedad Negra nace de un supuesto: si en el puerto de Barcelona entran diariamente 5.000 contenedores procedentes directamente de China ( dos millones de contenedores al año), si la mitad del puerto es PROPIEDAD del Gobierno Chino, y si China está comprando la deuda externa de nuestro país, salvándonos de la crisis, ¿por qué dice la policía -y los jueces, y los periodistas- que en España no hay mafias chinas? ¿Por qué se resistieron a utilizar el término tríadas cuando pescaron al delincuente Gao Ping en Madrid -Operación Emperador-? ¿Y por qué lo soltaron inmediatamente?”[10]

Seguramente en las propias preguntas están las respuestas y seguramente están vinculadas de forma directa a la corrupción.

Dicen los entendidos que Julián Ibáñez es el diamante en bruto perdido de la novela negra española clásica. Afincado en un pequeño pueblo de Toledo, este santanderino de 1940 empezó a publicar en 1980 y en los últimos años casi había abandonado el papel –en lo que se refiere al género negro- hasta el fichaje reciente por Cuadernos del Laberinto. En este caso nos quedaremos con su obra El baile ha terminado, de 2009, ganadora del premio L’H Confidencial[11]. El motivo de la elección es múltiple: en primer lugar su escenario, Bilbao, y en segundo lugar algunas de las claves de la trama, con corrupción policial y la presencia de una ETA cada vez más debilitada en la estructura de la misma, pero que sigue siendo presente. De hecho, la presencia del País Vasco como escenario en estos años también ha sido importante y ha surgido un núcleo importante de autores vascos.

Sin lugar a dudas, el progresivo desmantelamiento de ETA hasta el anuncio del cese definitivo de su actividad ha sido la gran noticia política en Euskadi y en buena parte de España en la última década, con la consecuente ascensión de la izquierda abertzale en los últimos comicios municipales y autonómicos.

Las famosas cloacas del Estado a las que se refirió en su momento Felipe González eran, ni más ni menos, que la guerra sucia contra el terrorismo, el llamado caso Gal, tal vez la perversión más absoluta del papel de la policía y las fuerzas de seguridad del Estado en la democracia: el asesinato impune, a veces pagado, de los terroristas vascos, en lugar de su detención y juicio. La práctica, que escandalizó a la sociedad civil de los noventa –así como las torturas habituales en el cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo- acabó con la credibilidad del gobierno de González, salpicado ya por otros casos de corrupción económica y fiscal: ésta indicaba la podredumbre moral de las clases dirigentes contemporáneas. Es en este contexto de recelos mutuos en el que debemos situar la acción de la novela: mucho tiempo después del Gal, pero con los resquemores entre la policía autonómica, la Guardia Civil y la nacional a flor de piel. Y claro, la larga sombra de la corrupción que lo impregna todo y que marca al protagonista de la obra. Según Ibánez:

“Se trata de meter fuerza dramática en la trama. Si mi protagonista es un poli, prefiero que ejerza en el País Vasco, donde le acecha, o acechaba, el peligro invisible de ETA, la atmósfera social le es adversa, sus jefes le manipulan, la Ertzaintza y la Guardia Civil le son hostiles… y tiene que nadar en ese tanque de tiburones para ganarse el sueldo”[12].

Porque en el fondo de eso trata la novela, de la corrupción entre los servidores de lo público aprovechándose de un miedo certero: el de la presencia del terrorismo en la sociedad vasca.

Así pues, en los últimos años nuestros tres autores más clásicos han continuado ofreciendo libros de gran calidad utilizando la misma fórmula de siempre: novelas comprometidas, incardinadas en la vertiente hard-boiled y con una clara vocación de denuncia de la sociedad contemporánea.

 

Del naranjal al lodazal

Si hay una comunidad autónoma donde el desastre de la corrupción ha sido especialmente importante, es la valenciana. Los motivos son múltiples, pero Valencia capital y la comunidad en general han sido la punta de lanza de algunos de los mayores escándalos por corrupción de los últimos años. Su posición privilegiada climatológicamente y geográficamente y la connivencia de terrenos urbanizables (o susceptibles de modificación del Plan General de Ordenación Urbana, PGOU, de los municipios), la coincidencia con la eclosión del boom inmobiliario y del cemento, y el hecho de un gobierno autonómico y municipal (en Valencia) continuado en manos del PP desde 1995, tras la firma del llamado pacto del pollo con Unión Valenciana, han sido los elementos principales que han conducido a la comunidad a la crisis sistémica, que se puede ejemplificar en tres hechos muy concretos: el caso Gurtel por un lado, con el presidente Camps recibiendo sobornos en forma de trajes de diseño, por ejemplo; el asesinato en 2007 del alcalde de Polop, Alejandro Ponsoda, atribuido en un primer momento a su negativa a modificar el PGOU y a otros hechos urbanísticos acontecidos en el municipo, pero que seis años después todavía no se ha esclarecido[13];  y la construcción del complejo Ciudad de Vacaciones de Marina d’Or, en Oropesa (Castellón), un proyecto de enorme impacto ambiental que ya ha valido serias advertencias de las autoridades europeas por el modelo turístico aplicado –similar al del Benidorm de los años sesenta.

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Marina d’Or

La llegada de las mafias rusas al Levante y la inversión en bienes inmuebles para blanquear el dinero procedente de las actividades ilegales es uno de los ejes de la celebrada novela Crematorio (2006), de Rafael Chirbes. De hecho, en castellano, Chirbes es el gran cronista de la corrupción en la comunidad, y aunque algunos de sus planteamientos narrativos se muevan alrededor de la novela negra, no es posible considerar sus novelas como tal (el propio autor afirma que no escribe novela negra) por lo que no las consideraremos como materia de estudio, aunque no puede dejar de señalarse la importancia que tendrá para los escritores que decidan ambientar sus tramas en la Comunidad Valenciana.

En cambio, uno de los grandes maestros de la novela negra en lengua catalana, Ferran Torrent, ha erigido su mejor obra (tomaremos en conjunto la trilogía formada por Societat Limitada, Espècies protegides y Judici Final, publicadas en 2002, 2004 y 2006, respectivamente) haciéndola orbitar alrededor de la corrupción en todas sus manifestaciones con el objetivo de convertirse en el gran cronista de los cambios orquestrados por la presencia de Rita Barberá en el ayuntamiento y de Eduardo Zaplana en la presidencia de la Generalitat Valenciana. En el primero de los libros (2002), Torrent disecciona el mundo de la política local y de los empresarios; en el segundo (2004) se adentra en los vericuetos del mundo del futbol; mientras que en el tercero –el más negro de la serie- se produce la unión de intereses de todas las partes combinada con la llegada de un sicario del Ira para matar a Juan Lloris, empresario reconvertido en presidente futbolístico y candidato a la alcaldía de Valencia, alguien ya demasiado molesto.

Torrent afirmaba que: «escribo mucho mejor a la contra. En Societat limitada, por ejemplo, como estaba hasta los cojones de los políticos valencianos, es una manera de retratar esta sociedad producto de su mediocridad».[14]  Así pues, el objetivo de la trilogía estaba muy claro: convertirse en la voz crítica contra una de las sociedades más corruptas del Estado, pero que Torrent, en una entrevista reciente con motivo de la publicación de su último libro: Un dinar un dia qualsevol analizaba así:

“Yo estoy convencido de que incluso en la derecha hay políticos honestos. Eso lo tengo claro. Pero si no hay una sociedad exigente, no hay unos buenos políticos. En Valencia no hay una sociedad civil y por tanto no hay una exigencia para los políticos. Hay que exigir para tener buenos políticos y ahora mismo la media no es buena (…) Y también me dijo (un informador): ojo, que como acaben con toda la corrupción se cargan toda la industria, toda la red clientelar. Porque nos fijamos en la corrupción glamurosa, en Emarsa, Gürtel y demás, pero hay muchos ayuntamientos manchados y de eso se habla poco. Hay una especie de industria y el personal vive de ello. Me hizo gracia porque parecía un poco la mafia. Hay tantos puestos de trabajos que no sé si conviene acabar del todo con la mafia”.[15]

Ferran Torrent es el faro referencial de la novela negra en catalán en Valencia y si bien después de la trilogía ha vuelto al género negro pero desde la perspectiva de la memoria –Boulevard dels francesos (2010) está ambientada en los años sesenta y setenta y Ombres en la nit (2011) en el 1946 con cazadores de nazis incluidos (no es baladí que Valencia sea la sede de numerosos grupos de la ultraderecha española más irredenta)- la impronta de sus obras marca a sus principales herederos, que también escribirán algunas de sus obras claramente marcados por la corrupción: Juli Alandes en El crepuscle dels afortunats (La Magrana, 2010) nos presenta una situación muy similar a la del asesinato de Polop; Xavier Aliaga en Dos metres quadrats de sang jove (Alrevés, 2014) centra su acción en la Valencia contemporánea con el asesinato de un joven periodista de un periódico digital especializado en levantar casos de corrupción; mientras que la recién incorporada Esperança Camps, en La cara B (Llibres del Delicte, 2015)[16] nos presenta una novela que nace directamente de la corrupción: en este caso es el hijo de un conseller, reconvertido en aspirante a escritor de novela negra quien empieza a investigar la aparición de cadáveres vinculados a la época de su padre, huido precisamente por asuntos turbios durante su gestión pública.

Así, poco a poco vamos viendo como el naranjal se ha convertido en el lodazal. Posiblemente una de las apuestas narrativas más interesantes y arriesgadas en los últimos años en Valencia fue 60 kilos, la novela de debut de Ramón Palomar. Publicada en el 2013 por Grijalbo, nos presenta una historia totalmente negra –el cambio de manos de 60 quilos de cocaína pura- con personajes muy bien trazados, pero con grandes narcotraficantes que están entrampados en la burbuja inmobiliaria, en la que habían invertido una parte importante del dinero procedente del tráfico para blanquearlo, unas inversiones cada vez más ruinosas.

A pesar de todo, los personajes de Palomar están mucho más cerca de la cutrez que del glamour, lo que les otorga una pátina de verosimilitud que convierte a la novela en muy realista:

“Me han llamado la atención muchas cosas. Algo muy curioso es que muchos de ellos en casa son como muy “pantuflos”, es decir, la niña es fallera, va a piano y a ballet y el fin de semana van juntos a hacer la compra familiar. Es decir, tienen una doble vida, por un lado cuando cae la noche se dedican a sus actividades pero por el día llevan una vida completamente normal, incluso vulgar y muy aburrida. Es gente que a lo mejor trabaja 1 o 2 días cada 2 meses, dan un palo en un viaje y ya está. El resto del tiempo lo dedican a sus aficiones y a sus historias. Pero lo más chocante era conocer a las hijas o ver que la esposa es una maruja y que sabe a lo que él se dedica. Es decir, que no hay nada glamouroso ni es tan sórdido como parece”.[17]

Palomar también reflexiona sobre las causas que han llevado a sus personajes al delito, nuevamente la llamada corrupción sistémica:

“Uno es culpable, de acuerdo, pero ¿quién lo ha conducido a ello? En muchas ocasiones, un sistema putrefacto. Porque es gente con arrojo, gente con audacia… Pero ¿cuántos de nosotros llevaríamos a Madrid, a Pontevedra, a Barcelona… 20 kilos de coca si supiéramos que nos vamos a sacar 40.000 euros y que no nos van a pillar? Otra reflexión: ¿quiénes son los verdaderos malos, los que ocupan los despachos del poder y llevan corbata y gemelos y camisas a medida o los que están en la calle y se buscan la vida porque no han tenido más remedio?”[18]

Reflexiones que tal vez expliquen por qué la industria del mueble y la explotación de la naranja dieron paso a la construcción de los apartamentos turísticos y a las urbanizaciones en terreno rústico.

 

La corrupción de la memoria o la inmodélica Transición

Uno de los grandes debates de los últimos quince años (aunque sería mejor matizar que es algo de los últimos diez, con la llegada de José Luis Rodríguez-Zapatero al poder) es el de la memoria histórica, con el desarrollo de diversas leyes estatales y autonómicas y con las primeras exhumaciones –largas, complejas y costosas- de las fosas comunes de la Guerra Civil. En los últimos tiempos ese debate sobre la memoria se ha extendido también sobre el franquismo y la transición, para empezar a cuestionar lo que siempre se había presentado como un modelo de éxito a partir de la ley de Amnistía y la llegada de la democracia, pero que en realidad impidió el procesamiento de los implicados en el golpe de estado del verano de 1936 y en la posterior dictadura franquista, uno de los principales tabúes en España, como bien demuestra el procesamiento contra el juez Garzón o la enorme polémica generada con la entrada “Franco” del diccionario de Historia.

Lógicamente, ha habido un número importante de autores que han buceado en los caminos abiertos por ese debate, como por ejemplo Benjamín Prado tanto en Mala gente que camina (2006) como en Operación Gladion (2011), ambas con algunos elementos del género pero que no acabaríamos de definir como novelas negras o Ignacio Martínez de Pisón en El día de mañana (2011). Quien sin embargo ha recuperado la memoria de uno de los crímenes más importantes de la España democrática, el de los marqueses de Urquijo el 1 de agosto de 1980, es otro clásico del género en nuestro país: Mariano Sánchez Soler (1954). Transmutando el nombre del marquesado, con El asesinato de los marqueses de Urbina (Roca, 2013), el autor se hizo con el premio L’H Confidencial y se adentra en uno de los casos más complicados porque en el mismo ya estaba el germen de las corrupciones morales que hemos alcanzado en estos momentos: la lucha por el control de un banco familiar que había llegado a tener una importante cartera de negocio. Precisamente la trama financiera, la que la policía no investigó en su momento, es la que centra la novela de Sánchez Soler, que cubrió el caso como periodista durante muchos años y que deja en el aire la posibilidad de que el único encarcelado por el caso, Rafi Escobedo, no se suicidase en prisión en 1988, sino que lo suicidasen.

El escritor y periodista también se ha enfrentado a la desmemoria de la transición desde la crónica y el ensayo, en este caso con La transición sangrienta (Península, 2010), en el que documenta 591 muertes entre 1975 y 1983 debidas a la violencia política, que incluye asesinatos de extrema izquierda y extrema derecha, terrorismo y guerra sucia, una obra que rompe por completo con el mito de una transición pacífica y modélica. Se trata de unas muertes que han sido silenciadas en la mayoría de los casos y un material del que se han nutrido los novelistas para sus obras, mucho más cercanas a la crónica real que no a la fabricada.

El caso de Rafael Reig (1964) es diferente. Considerado por la crítica especializada –lo testimonia la obtención del premio Pata Negra del congreso de novela y cine negro de Salamanca- como uno de los renovadores del género en España y autor a seguir, no pertenece a esa hornada de clásicos, sino que se puede circunscribir a estos tres últimos lustros, en los que ha desarrollado una multiplicidad de géneros (periodismo, ensayo, relato breve, novela) que le han llevado a ser considerado ese autor necesario que hay que seguir. En Todo está perdonado (Tusquets, 2011), Reig lleva la novela negra al límite y la usa para trazar una historia contemporánea diferente de España centrada en una de las llamadas 200 familias vencedoras absolutas de la Guerra Civil y reconvertidas en la Transición en 1975. La obra ganó el premio Tusquets de novela y narra, sin duda, la corrupción de la memoria y la del poder:

“La idea nació de mi propia necesidad de explicarme dónde estamos a través de desentrañar el pasado, y de no creerme lo que nos han contado sobre la Transición quienes la han protagonizado. Ellos no recuerdan nada, ¡qué van a recordar los de la camisa azul, los falangistas! En cuanto a los de la burguesía de izquierdas, aprovecharon ese periodo para apoderarse del poder y siguen ahí apoltronados desde hace 40 años. No digo que hubiera mentiras, sino elipsis de la verdad y una versión oficial que ha prevalecido y que de un tiempo a esta parte se me antojaba cada vez más resbaladiza. Sólo hay que ver cómo está Baltasar Garzón por investigar los crímenes del franquismo, que entra en conflicto con la ley de Amnistía. Esa ley decía “vamos a perdonar y olvidar” (…) Yo no perdono casi nada y no hay que olvidar. En el terreno personal, sí, pero en el histórico no se puede mirar para otro lado y hacer borrón y cuenta nueva. España es un país extravagante en este sentido: la viuda del dictador vivía cerca de mi casa sin que nadie la molestara y los ministros del franquismo, como Fraga, son respetados. Insólito”.[19]

En estos últimos quince años, pues, la memoria ha entrado en juego y se han comenzado a plantear las preguntas incómodas que acompañan a todo proceso de transición: ¿qué papel habían jugado nuestras clases dirigentes durante el régimen?

La devastación moral: las niñas perdidas de Cristina Fallarás

Otro de los factores realmente interesante que se han producido en el campo de la novela negra española de los últimos quince años es la eclosión de un grupo bastante potentes de narradoras mujeres, entre los que podríamos destacar nombres como los de Empar Fernández, Rosa Ribas o Cristina Fallarás entre muchos otros. Centrémonos en la novela Las niñas perdidas de Cristina Fallarás, otra de las obras ganadoras del premio L’H Confidencial y publicada por Roca en 2011. Con este libro, Fallarás se convirtió en la primera mujer en ganar el premio Dashiell Hammett de la semana negra de Gijón y en este caso el tipo de corrupción que encontramos se aleja de la inmobiliaria y de la política para presentarnos una devastación de tipo moral con la pederastia como tema principal en una Barcelona completamente alejada de la famosa marca que se proyecta internacionalmente.

Esa novela negra de gran dureza –nos enfrenta directamente con uno de nuestros mayores temores y de nuestros mayores tabúes, el de la pederastia- funciona excelentemente como artefacto literario, como obra de engranaje de literatura, y tal vez por eso todavía se convierte en más terrible:

“Las niñas… es una novela sobre la maternidad. Estrictamente. Es una narración que describe la maternidad en mi generación (tengo 47), nuestra forma de ser madres y también nuestra forma de ser hijas. Nosotras, ay nosotras. Nos educaron para ser hombres; aplicaron sobre nuestro cuerpo el molde imposible del sueño de un enfermo químico; los majaderos 60s nos hicieron de padrinos; bebimos y nos drogamos como cretinas de baba; creímos que el sexo movía su culito en el porno… Todo eso aparece con dureza de diamante en esa novela, pero creo que les parece “durísima” por el lenguaje. Ah, y porque se nota que conozco todos y cada uno de los ambientes y a todos y cada uno de los personajes que aparecen (…) El detective –luego voy a la detective, además embarazada— es el reverso del policía (o lo que ahora se llama Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado). Estos cuerpos están al servicio del llamémosle establishment. Cuando se corrompe, a ellos les sucede lo propio. Por eso nace el detective, y por eso el detective es una representación necesaria. En este sentido, una detective hembra me parece una doble subversión: Contra el poder establecido y sus fuerzas de represión, sí, pero además contra la idea de que la insurrección es cosa de machos. No hay mayor insurrección desde el siglo XX que la de la mujer. Y embarazada por tocar las pelotas a la estética/cosmética/episcopalía generalizada que cree que una hembra embarazada camina vestida de lino blanco por la orilla de un mar sin muertos”.[20]

Así pues, la corrupción con sus múltiples caras también nos obliga a enfrentarnos a nuestros propios prejuicios lectores.

El oasis catalán

La expresión el oasis catalán, atribuible a un muy recomendable ensayo de título idéntico de Xavier Casals que recogía una famosa expresión de Jordi Pujol para referirse a la solidez económica y financiera de Cataluña y a su estabilidad, se fue deforestando poco a poco hasta agotar todas sus reservas de credibilidad el verano de 2014 con la confesión de Jordi Pujol de una maniobra de evasión de capitales a Andorra. Era la visibilización máxima de que la corrupción no hace distinciones. La cita con la que abrimos este artículo, de Pasqual Maragall, se pronunció en sede parlamentaria, la confesión de Pujol se ejecutó en sede judicial. Entre medias quedaron casos de corrupción que han afectado indistintamente a PP, CiU, Ciudadanos y PSC. Todos los partidos tienen militantes o exmilitantes de Cataluña encausados por corrupción. En el caso de ERC la situación es diferente: un exconseller, Jordi Ausàs, fue condenado a siete años de prisión por contrabando de tabaco de Andorra, pero el caso no tiene nada que ver con sus obligaciones como servidor público. En este sentido, de momento ERC no tiene a ningún cargo imputado por corrupción.

Era imposible que, con el alud de casos habidos en toda la geografía nacional, Cataluña no tuviera casos de corrupción. Con un desarrollo urbanístico mucho más que notable, una presencia detectada importante de la mafia napolitana y rusa –han caído dirigentes de ambas en Cataluña en los últimos quince años- y una economía basada en el turismo y en la industria del ladrillo (aunque ésta en una proporción menor que en otras comunidades) era simplemente una cuestión de tiempo. Y si primero fue el caso Millet y la corrupción en el Palau de la Música la que resquebrajó la imagen de la llamada sociedad civil, luego el desfile de políticos de uno y otro signo por cuartelillos y juzgados ha sido notable.

Lógicamente era una simple cuestión de tiempo que la corrupción fuese un tema central en las novelas negras. Nos centraremos en tres, aunque podrían ser más: El tant per cent, de Rafa Vallbona; Manos sucias de Carlos Quílez y La marca del meridiano, de Lorenzo Silva, porque nos permiten ejemplificar también tres fenómenos concretos de la novela negra española contemporánea: por un lado las novelas hechas por periodistas; por el otro la emergencia y consolidación de una editorial como Alrevés; y por último la consolidación absoluta de una de les figuras más reconocidas con la obtención del premio Planeta.

La aparición de nuevas colecciones de novela negra en catalán y la recuperación de la novela en esa lengua es una constante a partir del 2006 cuando Albert Villaró ganó el premio Carlemany con Blau de Prússia y sobretodo a partir del 2007 hacia delante, con la consolidación del festival BCNegra y con la convocatoria por parte del departamento de Interior de la Generalitat de Catalunya del premio Crims de Tinta –ahora en manos de RBA-. Parecía que levemente se recuperaba el pulso perdido desde 1996 con la desaparición de la colección La Negra de La Magrana y la entrada de las obras en los catálogos generalistas, perdiendo su visibilidad. El punto de inflexión lo marca, pero, la aparición de la antología de relatos Crims.cat en 2010 en la colección Al revés, coordinado por Àlex Martín Escribà y un servidor y que sería la base sobre la que cimentar la colección homónima, dirigida por Martín Escribà. En el número 10 apareció, en 2014, El tant per cent, novela ambientada en la Pobla de Dalt (trasunto de cualquier pueblo del Maresme) con la crisis, la burbuja inmobiliaria, las mafias locales, las elecciones y un periodista como elementos principales de la investigación. Vallbona consiguió con esta novela una de las crónicas más aceradas y duras de la realidad política y económica catalana de los últimos tiempos.

Vallbona aseguraba después de la aparición del libro que:

“El volumen de corrupción en Europa es equivalente a todo el presupuesto de la Unión Europea. Es preocupante teniendo en cuenta que este volumen de corrupción se concentra principalmente en Grecia, Italia y España. Aunque creo que hay un dato que es más definitivo, en este país al corrupto no se lo señala con el dedo, no se le acusa, no se le expulsa, se le loa y se le envidia (…)  El crecimiento que se ha producido no es cosa de los tiempos oscuros del franquismo, se ha producido en los últimos veinte años, es decir, con ayuntamientos, gobiernos y administraciones democráticas que teóricamente han querido preservar la sostenibilidad del entorno y del medio natural (…) Yo quería escribir un fresco sobre la sociedad catalana y española de este momento. El género negro es el molde que he utilizado y, evidentemente, tenían que salir estos personajes porque son los que han protagonizado y protagonizan la sociedad de este momento. Tanto en España como en Cataluña”.[21]

En los últimos tiempos parece ser que los periodistas han encontrado en la novela negra un refugio para explicar todo lo que saben pero no pueden demostrar. El fenómeno no es nuevo, buena parte de los clásicos de la novela negra de los años treinta venían del periodismo y ya Horace Mc Coy escogió la figura del periodista como protagonista en la inolvidable Los sudarios no llevan bolsillos (1937). En el caso de la novela de Quílez, la tercera de la serie dedicada a su periodista Patricia Bucana, la cantidad de información relevada es tanta que uno no sabe si está leyendo una novela o lo que deberían publicar los periódicos (y en muchos casos no publican).  La novela la publicó Alrevés, una editorial que se ha convertido en referencia ineludible en los cinco últimos años con su apuesta por el género, tanto en catalán como en castellano. La editorial ha decidido, en el caso de su línea en español, no publicar traducciones, sólo obras escritas en español. Las de Quílez son las que entroncan más directamente con el tema de la corrupción entendida en el entorno político y nos pone otra vez en el eterno debate entre realidad y ficción en la obra literaria como afirma el mismo autor:

“Es novela, por lo tanto, es ficción pero un 99 por ciento de lo que van a leer está basado en personajes y situaciones reales. He construido la coreografía pero la música y los actores son de verdad. Además, en «Manos Sucias», explico la «cocina de la corrupción»: Cómo son, cómo hablan, cómo delinquen, cómo chulean por ello, y cómo son vulnerables a pesar de su inmenso poder. (…) El poder corrompe. Y el pecado atrae. El ser humano es así. Y el dinero es el peor de los pecados. Es lo más preciado para el corrupto y es el dinero sisado lo que deberían atacar más y mejor nuestros legisladores para dotar a policías, jueces y fiscales de más medios legales para hacerse con el patrimonio que esta gentuza, delincuentes de cuello blanco con pedigrí social, nos ha robado a todos”.[22]

La novela negra no ha sido –en general- demasiado amiga de los premios literarios[23]. Hasta que Lorenzo Silva lo ganó en 2012, sólo otros dos autores habían conseguido el premio Planeta, el mejor dotado de las letras españolas: Manuel Vázquez Montalbán por Los mares del sur (1979) y Francisco González Ledesma por Crónica sentimental en rojo (1984). En el caso de Silva, autor de una larga serie dedicada a dos guardias civiles, lo hizo con una trama en la que sus protagonistas tienen que investigar, en Cataluña, una trama de corrupción en la que están implicados sus propios compañeros de cuerpo. Y es que la corrupción policial es uno de los temas clásicos de la novela negra que continua fascinando a los escritores de género negro pero también a los cineastas, como demuestra el caso contemporáneo de la aclamada película El niño, de Daniel Monzón. Lo que pasa es que en demasiadas ocasiones, por desgracia, se parte de una base real, como han puesto de manifiesto algunas tramas de tráfico de droga con colaboración de la Guardia Civil en el puerto de Barcelona en los últimos años. Silva explicaba la concepción de la obra así:

“Creo que España siempre ha sido bastante corrupta por algo que no ha cambiado en los últimos 200 años: con todos los partidos que se han sucedido, todos los regímenes diversos y a veces contrarios, en España sigue habiendo una base caciquil muy grande. Funciona mucho ese poder de alguien que opera sobre un territorio y genera una red de favores, tanto puestos de trabajo como concesiones o aprovechamientos ilegítimos de los bienes públicos. Eso estructura la sociedad, incluso las formas de poder. Unas veces son democráticas y otras autoritarias, pero esa base caciquil no ha terminado nunca de desaparecer de España. Hablo de corrupción policial, y la policía española no es especialmente corrupta, como una cierta metáfora de esos servidores públicos que, apareciendo ante sus conciudadanos como valedores del bien común, acaban sirviendo a intereses particulares no pocas veces espurios y no pocas veces delictivos. (…)  Llegué aquí porque hace 17 años me entró el afán de decir: me gusta la novela policiaca y hay que hacer más novela española autóctona. Se me ocurrió un crimen y no tenía ni investigadores. Y pensando quién lo resolvería, de repente me dije: si hay un asesinato en una cala de Mallorca [donde transcurre la trama de El lejano país de los estanques], los primeros que se plantan son los guardias. La Guardia Civil lleva 160 años investigando crímenes en España. No hay ningún cuerpo policial que lleve tanto tiempo investigando y resolviendo crímenes y, sin embargo, nunca habían salido en la literatura. Y además es terreno virgen; nadie me está disputando este territorio, pues me lo quedo (…)  Cuando empecé la serie hablaba en un país opulento y encantado de haberse conocido. No podía sospechar que solo tres novelas más tarde iba a hablar de un país postrado, deprimido y que es el hazmerreír del continente. Y tampoco puedo ni quiero saber lo que Bevilacqua y Chamorro pueden hacer dentro de 10 o 15 años. Lo descubriré”.[24]

Así pues, el oasis catalán no ha sido tal oasis y desde perspectivas múltiples, los novelistas han intentado cartografiar los nuevos derroteros por los que se mueve la sociedad catalana contemporánea, tan corrupta como la del resto del Estado.

Periferias y perdedores

Muy posiblemente, debido a la concentración de la mayoría de editoriales y de medios de comunicación de grandes dimensiones, Madrid y Barcelona han ejercido como auténticas capitales culturales de la edición de la novela negra en España en los últimos quince años, pero los autores que se han publicado pertenecen a la totalidad de la geografía española, igual que las tramas. Y tampoco debemos menospreciar la intensa labor que han desarrollado otras editoriales en este conjunto de la geografía. Y es que el debate entre centralidades y periferias –cultural y político- es un clásico en la España democrática. Precisamente desde las periferias nos llegan dos autores que han hecho de los perdedores su materia primera literaria. Nos estamos refiriendo a Antonio Lozano y a Alexis Ravelo.

Cuando el islamismo radical todavía no se había consolidado y no llenaba las páginas de los periódicos –aunque Bin Laden ya había hecho volar en pedazos las torres gemelas en Nueva York-, Antonio Lozano (Tánger, 1956) publicó Harraga. Era el 2002 y en ese mismo año ganó el premio Novelpol a la mejor novela negra del año con esta historia durísima del tráfico de drogas y personas en el Estrecho de Gibraltar. Era en plena crisis de las pateras, con el drama humanitario en muertes que se vivió muy intensamente y que ahora se ha desplazado dramáticamente a Libia con el tráfico de refugiados sirios hacia Italia. Un harraga es el nombre que recibe el inmigrante africano cuando ya se ha deshecho de sus papeles y está esperando para cruzar el estrecho de Gibraltar. Lozano puso sobre la mesa el drama de la inmigración ilegal, el tráfico y la progresiva radicalización en el Islam para quienes habían perdido toda esperanza.

Con esta novela, y en general con el conjunto de su obra, Lozano demostró que la inmigración y la corrupción que la rodea, es uno de los temas centrales de la literatura de nuestros tiempos y que la novela negra puede ser una extraordinaria herramienta para aportar conocimiento y profundidad además de sensibilización social. Harraga se publicó el 2008 en Francia y ganó el premio de Marsella a la mejor novela negra del año. Así explica su proceso creativo y sus objetivos:

“(la inmigración) Para mí es un tema fundamental porque es uno de los grandes dramas actuales de la humanidad. Me parece que hay que abordar el tema no sólo como se hace desde los medios de comunicación sino también desde la literatura, el cine y otras formas de creación porque pueden ofrecer puntos de vista distintos. Es muy importante que nuestra sociedad, que es receptora de inmigrantes que llegan en las condiciones que sabemos y que a veces son percibidos con inquietud, se haga preguntas sobre las decisiones que obligan a estos inmigrantes a exponer su vida en el viaje o cómo ha llegado África a esta situación. Lo que intento en mis novelas es extraer al individuo de la imagen de masa inmigrante (…) soy amante del género negro y los temas que a mí me gusta tratar, que tienen que ver con los problemas del mundo, encuentran buen acomodo en este género. El género negro está resurgiendo en todo el mundo, desde Europa y Estados Unidos hasta Latinoamérica, Asia y África -acabo de traducir una novela negra de un autor africano, El asesino de Banconi, de Moussa Konaté-, y este resurgimiento va asociado a contenidos sociales (…) Nosotros tenemos la tendencia a focalizar la culpa del fenómeno en los patronos de las embarcaciones, se dice que acabando con los patronos de esas embarcaciones se acaba con el problema. Ésa es una parte del problema pero no es todo el problema. Hay otros intereses económicos. En años recientes la inmigración clandestina ha sido el último grito en mano de obra barata. Muchos empresarios se han aprovechado de estos sin papeles, a los que han explotado sin darlos de alta en la Seguridad Social y esa gente ha contribuido a sacar adelante la agricultura española”.[25]

En Harraga Lozano no da voz a los perdedores –al fin y al cabo eso lo hace una gran parte de la novela negra- sino a los auténticos desarraigados, a los que convierte en sujeto literario y protagonistas de la obra reivindicando el papel de novela social que tiene el género.

Por su parte, el canario Alexis Ravelo (1971) se ha consolidado en los últimos años como el escritor más interesante de la nueva novela negra española.[26] Casi la totalidad de su obra nos habla de personajes perdedores, pero en las tres con las que ha conseguido el salto a la publicación en la Península se acentúa todavía más: La estrategia del pequinés (Alrevés 2013); La última tumba (Edhasa, 2013) y Las flores no sangran (2015) son obras totalmente encaminadas a establecer la épica y la ética del perdedor. Nos centraremos en la última, en la que la corrupción –en este caso urbanística y también política- centran buena parte de la historia en la que un grupo de estafadores y descuideros de poca monta deciden secuestrar a la hija de uno de los promotores inmobiliarios más importantes de Gran Canaria. Un caso de secuestro exprés muy difícil de gestionar en una ratonera como es una isla. Poco a poco los acontecimientos se desbordan y llega la violencia y la sorpresa en las reacciones de cada uno de los implicados en el asunto. En este caso nos interesan especialmente las de los dos empresarios a los que se intenta sacar el dinero que reciben regularmente de las mafias para su blanqueo a través del negocio de la construcción. Así pues, la baja delincuencia se junta con la alta delincuencia en el micromundo cerrado que es Gran Canaria. Ravelo lo explica así:

“Poder y corrupción suelen ir juntos, al menos en el sistema en el que vivimos. En nuestra sociedad, se relaciona el dinero con el éxito personal. Es más, el tipo de derechos que están consagrados en las sociedades liberales tiene una extraña categorización de estos: en la misma categoría, están el derecho a la vida, a la seguridad personal y a la propiedad privada. ¿Cómo puede ser que el derecho a la vida y a la seguridad tenga el mismo grado de protección que el derecho a ser propietario? ¿Qué ocurre cuando unos y otros derechos entran en contradicción? (…)  Son dos tipos de criminales distintos. Lola, el Marqués, el Salvaje y el Flipao delinquen porque carecen de otros medios para buscarse la vida. Delinquen para sobrevivir. En cambio, Padrón y Perera no tendrían, en principio, ninguna necesidad de tratar con dinero sucio. Ellos tienen cubiertas todas sus necesidades, pero siempre quieren más. Cometen delitos por mera ambición, por un desaforado afán de lucro. En la historia, todos pagan un precio personal. Supongo que, en el fondo, todos acabamos pagando un precio (material o anímico) por intentar lucrarnos más allá de lo que necesitamos para subsistir. (…) Creo que la novela negra no debería ser ya un género de evasión, sino de invasión. Y que hay que escribir sobre lo que se conoce. Yo conozco más los barrios y las clases populares que las comisarías y las oficinas de los fiscales. Por eso, en los últimos años, trabajo crook story, historias protagonizadas por delincuentes. Están muy cerca del polar de los años 60 y 70 franceses. O de un cierto tipo de novela que se trabaja en Argentina, México o Uruguay. Es un tipo de historia psicologista, que se acerca a cómo son los mecanismos que desencadenan la violencia y el crimen, antes que centrarse en la investigación para saber quién es el asesino. A fin de cuentas, me interesa más esto, porque incomoda al lector, le provoca preguntas, le hace plantearse cosas sobre el mundo en el que vive y sobre sí mismo”.[27]

Así pues, dos ejemplos más de corrupción sistémica: la moral en época de opulencia con el tráfico de personas, y la ligada a la concepción tradicional, en este caso arraigada territorialmente.

A modo de conclusión: ¿estamos preparados para leer sobre la corrupción?

Como hemos visto, la novela negra española de los últimos quince años y sus principales tendencias se puede reseguir a través de un tema transversal como es el de la corrupción. En estos momentos conviven en España por lo menos cuatro grupos de autores diferenciados: los tres grandes clásicos; los autores que empezaron poco después y que han tenido más problemas para su consolidación; los que empezaron a publicar con el cambio de siglo o en el segundo lustro y los que han iniciado su trayectoria en los últimos años. Todos ellos conviven creando obras de gran calidad pero tal vez con menos público y lectores que antaño (tal vez porque el número no ha aumentado suficiente pero la oferta de obras se ha multiplicado). Pero hay que destacar que las obras literarias que se centran pura y llanamente en la corrupción inmobiliaria y o política, sin más ingredientes, no están teniendo una gran respuesta del público. Se las acusa de ser demasiado periodísticas o demasiado realistas. Cuando la corrupción es el gran telón de fondo pero las historias destacan por personajes memorables o por situaciones que van más allá, entonces sí que conectan con el público. Lo que lleva a pensar que tal vez todavía no estamos preparados para leer sobre la corrupción como tema literario. La novela negra no puede ceñirse sólo a hacer un recuento de muertos por el camino, sino que tiene que ponerles un rostro, una historia, un alma, y algunas novelas negras sobre la corrupción carecen de esa alma. De todas maneras, en algo estaremos de acuerdo: la novela negra se ha convertido en la gran novela social de nuestros tiempos, y si en los años treinta y cuarenta ya denunciaba la corrupción moral del sistema capitalista, ahora sigue haciéndolo y llegando muchas veces al corazón de la herida. El compromiso de todos los novelistas y de las obras citadas está fuera de ninguna duda: se han convertido en el faro de denuncia que guía a los honrados.

BIBLIOGRAFÍA:

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http://www.culturamas.es/blog/2015/02/20/alexis-ravelo-a-proposito-de-las-flores-no-sangran-su-novela-negra-mas-salvaje/

[1]http://lema.rae.es/drae/?val=corrupci%C3%B3n

[2] La bibliografia sobre la novela negra como genero social es numerosa, pero apareció notablemente en las primeras jornadas de BCNegra, en 2005, tal y como refleja el libro de actas del encuentro: BARBA, David (ed), Primer encuentro Europeo de Novela Negra, Planeta, Barcelona, 2005.

[3]http://www.cca.org.mx/funcionarios/cursos/stbg/contenido/01/t2_p2.htm

[4]http://www.congresonegro.com/enric-gonzalez-periodismo-con-gabardina/#more-2058

[5]El objetivo no se cumplió, Barcelona sigue siendo hoy una de las principales ciudades turísticas mundiales y la primera, destacada, en España.

[6]El parque de atracciones se edificó al Norte de Benidorm, cuando Zaplana era su alcalde, en una àrea de 450 hectáreas de “terreno no urbanizable de especial protección forestal” misteriosamente incendiado en 1992. El parque abrió en 2000 pero jamás llegó a los números previstos y en 2004 se llegó a la suspensión de pagos con una deuda superior a 100 millones de euros que obligaron a ventas de terrenos y cambios de gestión que llevaron a su venta en 2012 a Aqualandia por 67 millones de euros. En poco menos de veinteaños, las arcas públicas y el sector financiero valenciano perdieron unos 377 millones de euros.

[7]http://www.lafieraliteraria.com/index.php?option=com_content&view=article&id=91%3Alafieramadrid&Itemid=41

[8]http://www.revistaprotesis.com/2013/03/los-hombres-mojados-no-temen-la-lluvia.html

[9]http://blogs.elpais.com/elemental/2013/01/esta-novela-nace-de-la-indignaci%C3%B3n.html

[10]http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?encuentro=9824

[11] El premio nació gracias a la labor desempeñada por la Biblioteca Las Bóbila de l’Hospitalet de Llobregat, que dirige Jordi Canal y al acuerdo entre el ayuntamiento y Roca Editorial en el 2006. Se entregó por primera vez en 2007. La presencia cada vez mayor de premios de novela negra también es una de las novedades importantes de los últimos años, tanto los que se conceden a obra inédita como los que se conceden a obra publicada, siguiendo en este caso la tradición instaurada en la Semana Negra de Gijón.

[12] http://www.revistaprotesis.com/2014/02/entrevista-con-julian-ibanez.html

[13] http://www.abc.es/comunidad-valencia/20131013/abcp-polop-asesinato-misterioso-20131013.html

[14] http://www.ara.cat/estiu2012/Ferran-Torrent-He-tingut-quedat_0_747525449.html

[15] http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2015/03/22/550d592122601dba798b4576.html

[16] Uno de los cambios importantes que se han producido en los últimos cinco años en la literatura catalana es la aparición de la colección Crims.cat de la editorial Alrevés y la aparición de la editorial Llibres del Delicte, que han apostado por crear colecciones específicas de género negro. El éxito de las dos editoriales, que forman parte del colectivo de editoriales independientes Llegir en Català, ha obligado de alguna manera a La Magrana a reflotar su colección La Negra.

[17] http://trabalibros.com/noticias/i/7910/52/trabalibros-entrevista-a-ramon-palomar-autor-de-sesenta-kilos-editado-por-grijalbo

[18] http://www.eldiario.es/catalunya/diaricultura/cultura-literatura_6_120447955.html

[19] http://www.unidadcivicaporlarepublica.es/index.php/cultura/cuktura-literatura/1195-entrevista-a-rafael-reig-premio-tusquets-por-su-novela-todo-esta-perdonado

[20] http://bearnblack.com/2015/05/14/cristina-fallaras-una-detective-hembra-me-parece-una-doble-subversion/

[21] http://cultura.e-noticies.cat/rafael-vallbona-hem-destrossat-la-costa-82833.html

[22] http://www.abc.es/espana/20141203/abci-querido-contar-cocina-corrupcion-201412021307.html

[23] En los últimos tiempos las cosas han cambiado y no solo tenemos novelas negras ganadores de importantes galardones, sino que se convocan algunos premios específicamente de género negro.

[24] http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/11/18/paisvasco/1353236846_664018.html

[25] http://www.laprovincia.es/portada/2008/10/20/antonio-lozano-novelas-extraer-individuo-masa-inmigrante/183743.html

[26] La valoración no puede dejar de ser subjetiva, pero hay que atenerse a criterios como el conjunto de la obra y sus posibilidades de proyección. En el grupo de los nacidos en los sesenta ha emergido con mucha fuerza la figura de Carlos Zanón, mientras que entre los de los setenta Jordi Ledesma es otro de los escritores a tener en cuenta. De los nacidos en los años ochenta destaca por la gran calidad y ya por la cantidad de obra el nombre de Claudio Cerdán. Por lo que se refiere a novelas que traten el tema de la corrupción entre los nuevos tenemos el caso de Manuel Barea (1989) con Vertedero, publicada por Lengua de Trapo, una de las editoriales que en los últimos quince años ha apostado claramente por el género.

[27] http://www.culturamas.es/blog/2015/02/20/alexis-ravelo-a-proposito-de-las-flores-no-sangran-su-novela-negra-mas-salvaje/

 



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