LAS LUCES DE NEÓN ILUMINAN LA HISTORIA

La-fragilidad-del-neón

 

Los caminos de la novela negra son inescrutables. Tanto que incluso el género en si mismo adolece de la falta de definición y de la inclusión bajo ese epígrafe de un montón de novelas que no son negras pero que los editores intentan colarnos como tales para intentar aprovechar el boom del mercado. Por eso se agradece la honradez de algunos escritores como Juan Laborda Barceló, que desde el primer momento ha considerado su obra La fragilidad del neón (Alrevés, 2014) como una novela histórica con elementos noir.

La novela de Laborda debe situarse en la órbita del mestizaje de géneros y creo que bebe directamente de la tradición intelectual francesa del escritor engagé, o sea, del escritor comprometido con su tiempo, del que se interroga sobre el mundo y que pone la novela al servicio de una comprensión del devenir humano y no sólo al servicio de una estética del arte (ojo, el escritor engagé no renuncia a la belleza de sus textos ni a la plasticidad de la literatura, sinó que se sirve de ella). La tradición engagé es muy francesa pero no exclusiva y tenemos ejemplos claros de esa voluntad de ir más allá en el neo-polar francés de los setenta cuando la política de extrema izquierda (y también la de extrema derecha en el caso de ADG, un escritor negacionista que publicó en la sèrie noire de Gallimard con un éxito muy considerable y que fue candidato por el Frente Nacional -el partido de Le Pen- en las regiones de ultramar) impregnó la novela negra de forma irremisible en textos imprescindibles de  Jean Patrick Manchette, Didier Daeninckx o Thierry Jonquet, por citar tres a vuelapluma. Pero ya en el siglo XIX nos encontramos a autores terriblemente preocupados por esa sociedad cambiante que toman partido claro. Por supuesto está Víctor Hugo, con Los miserables y por supuesto está Émile Zola.

Juan Laborda en La fragilidad del neón entronca directamente con esta tradición del escritor comprometido para situar en el Paris de 1961 la trama de su obra. En plena guerra de descolonización argelina una rutilante estrella de Hollywood, Linda Darnell, llega a Paris huyendo de su matrimonio en zozobra y de su carrera cada vez menos menguante. En Paris su chófer será Ramón, un exiliado republicano español de pasado durísimo en el bando republicano -sabemos de él que estuvo en el frente pero también represaliando en checas y cunetas- que tendrá que actuar, además, como guardaespaldas por orden ni más ni menos que del prefecto de la policía de Paris, Maurice Papon -colaborador del régimen de Vichy y responsable directo de la deportación de miles de judíos desde la Francia colaboracionista a los campos de concentración-. El miedo a los atentados del FLN argelino se palpa en el aire, pero  a la vez De Gaulle se ve amenazado por la OAS, la organización terrorista de extrema derecha contraria a la liberación de Argelia que llegó a atentar contra el presidente francés en varias ocasiones.

Este es el contexto en el que Laborda nos coloca justo antes de plantearnos los grandes temas de esta novela: los límites del amor fraternal -Ramon tiene un hermano menor, Manuel, luchando en Argelia a favor de la independencia-; la resistencia humana en favor de las ideologías cuyo simbolismo encontramos en el viejo profesor Rafael; la absurdidad de las guerras y sus conflictos y daños colaterales, en el caso del amor frustrado de Ramón y la soledad y pérdida de los ideales.

Para conseguir todo ello, Laborda trenza una novela con un protagonista muy sólido y bien construido con sus tics, su mundo interior, las amenazas constantes y la nocturnidad fragmentada por la luz de neón de un prostíbulo; con unos buenos secundarios salidos de su pasión por la cinematografia y por la historia; y con un dominio técnico de la narración de primer orden. Así pues, tenemos suspensiones y dosificaciones de la información, una construcción de la trama in crescendo, introducción de una segunda trama argelina y lo que empieza siendo una novela de ritmo pausado se convierte rápidamente en una lectura trepidante que no se puede abandonar. Y luego está, claro, la maestría en el uso de la historia y los conocimientos sobre París. Puestos a buscar un pequeño fallo -absolutamente menor- tal vez una adjetivación excesiva en la primeras quince páginas que luego se subsana por el propio ritmo de la narración.

La novela llega a su clímax (e intuyo que Laborda crea aquí sí un homenaje a la Memoria mortal de Daeninck, que precisamente arranca y dedica sus primeras cuarenta o cincuenta páginas con ese hecho) cuando los protagonistas se encuentran atrapados en medio de lo que años después se ha venido conociendo como matanzas del 17 de octubre de 1961 o la Ratonnade de Paris, en las que la policia de París dirigida por Papon cargó contra los manifestantes argelinos arrojándolos en muchos casos al Sena. Más de 300 personas murieron esa noche pero las cifras oficiales hablaron sólo de tres muertos. Allí, en ese caos, es donde todos los personajes de la novela descubren que los sueños se desvanecen con la fragilidad del neón y donde se demuestra la potencia narrativa de Juan Laborda, que nos muestra que hoy en día escribir significa también tomar partido y que los libros buenos no caducan jamás.

SEBASTIÀ BENNASAR

La fragilidad del neón

Juan Laborda Barceló

Alrevés, Barcelona, 2014

238 páginas.



Categories:Crònica, Pata Negra

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