Golpes de azar, mar y memoria de Antón Castro

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Fotografía de Carles Domènec.

Antón Castro (Santa Mariña de Lañas, Arteixo, A Coruña, 1959) se inició en la literatura como poeta. Conoció a un grupo de objetores de Zaragoza y descubrió, a los 20 años, que quería ser escritor, en gallego. Trabajando de cajero en una sala de juego aragonesa, se puso a escribir sobre papel de envolver cartones de bingo lo que sería el primer borrador del conjunto de relatos que aglutinaba Golpes de mar. Era el año 1986. Debía sentir el peso de la añoranza y su origen cercano al mar. El proyecto fue evolucionando, con cambios y mejoras. El libro cogió forma en castellano. Veinte años más tarde, se publicó en Destino. Se agotó en pocos meses y se reeditó. Ediciones del viento publica, otra vez, Golpes de mar, con nuevas revisiones e incorporaciones.

En estos relatos, la llamada del mar nos persigue. El lugar donde se habita nos protege, a veces nos devora. En algún cuento, al desaparecer el protagonista de su pueblo y aventurarse en tierra ignota, se acaba cruzando con la muerte, estado final y consustancial al contar el significado trascendente del mar. El autor coleccionó libros marinos. Hay algo muy bonito en las narraciones de Castro: parece desconfiar de los que mandan y comprensivo e inocente con los que, aparentemente, tienen menos fuerza y que, a su vez, son los que merecen ser protagonistas de las historias más bellas.

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Antón Castro en Mallorca. Fotografía de Carles Domènec.

Y da igual si lo que cuenta Castro es cierto o inventado, en este juego equilibrado de magia y realismo, donde resuenan Álvaro Cunqueiro, Antonio Tabucchi o Mercè Rodoreda. La buena literatura es siempre verdadera. En los relatos de este periodista cultural hiperactivo hay fatalidad, pasión, ruralidad, inocencia y siempre hay algún elemento inquietante, perdido y hermoso. Tienen estos textos una cualidad: te hacen mella. Al terminar cada cuento, el lector sentirá que lo que ha leído se va desvaneciendo, sin desaparecer del todo, como si la imagen que ha visto fuera desenfocándose. ¿No es tal vez, la memoria, una fotografía desenfocada? La sensación solo se curará, por momentos, con la relectura. Pero será un alivio efímero porque cada vez que se retomen las palabras escritas, el lector tendrá menos respuestas y más preguntas sobre lo que ha leído. La literatura de Castro es una invitación al universo latente, de un autor culto y curioso con las aristas más discretas de la vida.

Carles Domènec.



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